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“Carisma”: viene del latín charisma y con origen en un vocablo griego que significa “agradar”, el término carisma tiene varias acepciones. 1.- Se refiere a la capacidad de ciertas personas para atraer y cautivar a los demás. Un sujeto carismático logra despertar la admiración del prójimo con facilidad y de manera natural; Siendo algo innato y que forma parte de la personalidad del ser humano. 2.-En el ámbito de la teología o religión, el carisma significa, en general, un don de Dios. En una acepción más especial, son los dones y disposiciones de cada cristiano para el desempeño de una misión dentro de la iglesia. Más concretamente, son las gracias extraordinarias concedidas por el Espíritu Santo a cada cristiano para el bien de sus hermanos en Cristo.

Las Clarisas (Hermanas Pobres de Santa Clara) hemos heredado de nuestros Padres San Francisco y Santa Clara un Carisma: Vivir el Santo Evangelio. ¿Qué significa tener como Carisma la Vivencia del Evangelio? Que recibimos del Espíritu Santo una llamada y un don a vivir las actitudes de Jesucristo, y esto con la peculiaridad de que lo vivimos conforme a los consejos evangélicos de pobreza (sin propio), obediencia y castidad, fundados en las palabras y estilo de vida de Jesucristo. Estos tres consejos son un don de Dios que la Iglesia recibió del Señor y que –con su gracia- conserva siempre. Quienes recibimos de Dios una llamada a una vida de especial consagración en el seno de la Iglesia, vivimos los consejos evangélicos mediante la profesión de los votos, por los cuales nos obligamos (por decisión libre y voluntaria) a hacer vida, a encarnar en nuestro mundo los consejos evangélicos que del mismo Cristo hemos recibido y que la Iglesia a custodiado durante más de 2000 años.

Viviendo los tres consejos evangélicos nuestra Madre Santa Clara plasmó en su vida los sentimientos de Jesús y con su modo de vivir actuó siempre movida por sus actitudes. Clara vive sin propio (pobreza) porque Jesús vivió pobre: “mira a la pobreza de Aquel que fue colocado en un pesebre y envuelto en pañales (4CtaCl).” Clara vive en obediencia porque Cristo “a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que obedecen en autor de salvación eterna (cf. Hb 5,7-9)”. Clara guarda la castidad porque Jesús vivió en castidad. Así vemos cómo exulta de gozo y aconseja a Inés de Praga “ama con todo tu ser a Aquel que totalmente se entregó por tu amor (3CtaCl)” y la exhorta a “unirse al Esposo del más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará siempre inmaculada e intacta vuestra virginidad (1CtaCl)”.

Esta es la herencia que hemos recibido de nuestros Seráficos Padres. Por tanto las clarisas hoy y siempre tenemos muy claro que nuestra peculiar vocación es seguir a Jesucristo teniendo como norma el Santo Evangelio. Esto nos lleva a vivir en altísima pobreza, que no significa exclusivamente carecer de lo necesario, sino vivir desprendidas de todo. No tenemos nada propio, todo es de todas. Pero sobre todo nuestro –sin propio- implica vivir desprendidas de nosotras mismas, viviendo para los demás y buscando el bien común, con sencillez de espíritu. Este estilo de vida requiere una actitud -personal y comunitaria- que la familia franciscana llama “minoridad”. Se es menor tratando de hacer vida las palabras de nuestro Señor “el que quiera ser el primero que sea el último y servidor de todos”. Así vivimos nuestra fraternidad universal,   “manifestando con obras el amor que interiormente nos tenemos”. (TestCl 59)

Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan en el capítulo 17: “Que todos seamos uno como Tú Padre en mí y yo en Ti. Que todos sean uno”. De ahí que nuestra Madre Santa Clara pide a las hermanas que seamos solícitas por mantener el amor mutuo que es el vínculo de la perfección (cf RCl 10,7).

Para vivir nuestro carisma contemplativo y la  misión que Dios nos ha confiado, las Clarisas,  –optamos libremente- por imitar a Cristo que la mayor parte de su vida (30 años) la vivió en la vida silenciosa y oculta de Nazaret, y que durante su vida pública se retiraba con frecuencia al monte para orar al Padre. Así nosotras, retiradas en el silencio del claustro, viviendo nuestra vocación contemplativa oramos al Padre por  los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas, y lo hacemos  por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Nuestra vocación no es para nosotras mismas. Nuestra vida de contemplación: oración, trabajo, sacrificio, abnegación y silencio, no es para nuestra mera santificación, es para ser corredentoras con Cristo de toda la humanidad. Contemplar es esencialmente: ver todo con la mirada de Dios. Así, es contemplativo/-a quien descubre a Dios actuando detrás de todo y de todos. Nuestra naturaleza femenina, tal como Dios nos la ha regalado, no la reprimimos. Lejos de esto, nuestra maternidad no queda reducida a unos hijos biológicos (que son un auténtico don de Dios), sino que abarca mucho más. Somos madres espirituales de todas aquellas personas que necesitan de un sacrificio, de una oración, de una palabra de aliento, de un consuelo. Era esta la maternidad que nuestra Madre Santa Clara encuentra en Inés de Praga al decirle “te considero cooperadora y sostenedora de los miembros vacilantes”. (3CtaCl)