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Las Clarisas vivimos nuestro carisma Contemplativo en Fraternidad. La contemplación de Cristo –nuestro Esposo- en la oración personal y litúrgica hemos de plasmarla, hacerla efectiva y afectiva, en la relación con las hermanas /-os. Nuestra vocación se desarrolla en la comunidad. Surge, así, el valor inestimable de la vida en comunión de amor. “Este género de vida, que se da en la Trinidad, nos exige el deber de revalorizarla más y más para manifestar cada día con mayor fuerza el misterio de este amor” (cf. CCGG art. 90).

Tanto para Francisco como para Clara, la dimensión fraterna es esencial a su forma de vida. De este modo todas las hermanas consagradas a Dios por la profesión formamos una sola e inseparable fraternidad para guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la Paz (cf. CCGG 89)

Santa Clara, desde el comienzo de su consagración a Dios tuvo hermanas que consideró un don del Señor (cf. TestCl 7). Nuestra Fraternidad nos pide compartamos de tal forma que cada hermana pueda manifestar a la otra su necesidad “porque si la madre ama y alimenta a su hija según la carne, ¿con cuánta mayor solicitud no deberá una hermana amar y alimentar a su hermana espiritual?” (CCGG art. 92)

En el testamento que nuestra Madre Santa Clara dejó -no sólo a las hermanas presentes sino también a las venideras- nos exhorta a amarnos mutuamente en la caridad. Para ello nos pide que manifestemos externamente con nuestras obras el amor que nos tenemos internamente, a fin de que, con este ejemplo las hermanas nos estimulemos y crezcamos continuamente en el Amor de Dios y en la recíproca caridad.

Este modo de vivir la vida contemplativa es anticipo de lo que todos estamos llamados a vivir. Con ello, las clarisas tratamos de ser espejo y ejemplo para nuestras hermanas y para todos los hombres. La Fraternidad es para las clarisas un vehículo, un camino para vivir la santa sencillez, humildad y pobreza. Con ello, no por nuestros méritos sino por sola misericordia y gracia del dador de todo bien, que es el Padre de las misericordias, tratamos de ser manos y corazón de Dios, viviendo la Fraternidad no sólo entre nosotras sino también con todos nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestro mundo.

Nuestra Fraternidad no se queda encerrada en los muros centenarios de nuestro convento, necesitamos sacarla fuera. Lo hacemos cada día dando lo que tenemos a los más necesitados de pan material y también dándonos a nosotras mismas: con nuestra oración y sacrificio; pero sobre todo dando nuestras mismas personas, nuestro tiempo, nuestro escucha y acogida, nuestra alegría… a cuantos se acercan a nuestro Monasterio.

Una de las columnas que mantienen el edificio de la Fraternidad es la Alegría, y ésta no es efímera sino que brota de la experiencia profunda del Amor de Dios. Nuestra alegría procede del compromiso vital de vivir el santo Evangelio que firmemente prometimos vivir el día de nuestra profesión religiosa. Es una alegría que brota de haber gustado qué bueno es el Señor y del conocimiento progresivo en nuestra vida de los dones que Dios nos ha concedido -que son muchos- y entre los cuales el mayor es el de nuestra Vocación.