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HISTORIA DE LA ORDEN FRANCISCANA

Redacción de la primera Regla

En el tiempo convenido - (marzo-abril, 1209) - el grupo  de los primeros hermanos, regresó crecido a Rivotorto. A los ocho primeros se habían agregado Bárbaro, Juan de San Constanzo y Bernardo de Vigilante. Reunidos en la Porciúncula, cada cual contó a Francisco su experiencia y le pidió perdón por las posibles negligencias cometidas. Él, por su parte, les expuso su proyecto de escribir una regla de vida, y de solicitar al Papa su aprobación. Fue el Señor quien se lo inspiró, como recuerda él mismo en su Testamento, pero también debió de influir el hecho de que todos les preguntaban quiénes eran y a qué orden pertenecían. Aparte de eso, en aquellos años el Papa había aprobado la regla o "propósito" de vida de algunos grupos de vida apostólica y evangélica semejante a la de ellos y, sin dicha aprobación, corrían el riesgo de ser considerados herejes. La Regla primitiva era muy breve, formada por algunos textos evangélicos y unas pocas normas esenciales, como el modo de ser recibidos en la Orden y la forma del hábito, la vida de oración, el trabajo manual y cómo debían ir los hermanos por el mundo.

 

Aprobación oral de la Regla

Corría el año 1209. Animado por el sueño de un árbol corpulento y alto, cuya copa se inclinaba ante él, Francisco y los suyos se pusieron en camino, a las órdenes de Bernardo de Quintavalle. A mitad de camino, en Rieti, se les unió el caballero Ángel Tancredi, alcanzando así el número apostólico de doce. En Roma los encontró el obispo Guido I de Asís, que ignoraba sus proyectos. Con su recomendación, el cardenal Juan de San Pablo examinó sus intenciones y decidió presentar a Francisco a Inocencio III. La primera entrevista no tuvo éxito, pero el Papa, esa misma noche soñó que un fraile muy pobre sostenía la Basílica de Letrán con sus hombros. Entonces mandó buscar a Francisco y, aunque le puso muchas objeciones, después de oírle contar una parábola acerca del cuidado providencial de Dios sobre los hermanos, se convenció de que era un hombre de Dios y les aprobó la Regla provisionalmente, con permiso para predicar. Según una antiquísima tradición, la aprobación tuvo lugar el 23 de abril de 1209

 

 

¿Vida eremítica o apostolado?

Y por fin, la Regla de los Hermanos Menores queda aprobada. Los hermanos, que no salían de  su asombro, visitaron los sepulcros de San Pedro y San Pablo antes de abandonar Roma. Se detuvieron quince días en un lugar abandonado cerca de Orte, contentos de no poseer nada, ni siquiera un lugar donde habitar. Luego prosiguieron hacia Rivotorto. Por el camino se planteaban si debían dedicarse a la vida eremítica o al apostolado entre la gente. Este problema no quedó nunca resuelto del todo, y está en la raíz de las futuras divisiones en la Orden.

 

Vida de oración, trabajo y predicación

En Rivotorto llevaban una vida rigurosa de oración, trabajo, mortificación y extrema pobreza. La estrechez era tal, que Francisco tuvo que escribir el nombre de cada uno en los palos de la choza. Los hermanos se amaban con amor entrañable y vivían en paz y mansedumbre entre ellos y con todos, eran intachables y evitaban cualquier escándalo. Respetaban a los sacerdotes y no querían ver pecados en ellos, hasta el punto de tener como confesor a uno de vida poco recomendable. Vivían en continuas oraciones y alabanzas, rezaban los Padrenuestros en cada hora del Oficio divino, lloraban sus pecados pasados, se mortificaban de mil modos y aceptaban sólo lo necesario para vivir. Si alguno se excedía en las penitencias y ayunos, Francisco lo exhortaba a la prudencia. Vivían de limosna o del trabajo manual, que el santo recomendaba para combatir el ocio. Sus principales ocupaciones eran el cuidado de los leprosos, la ayuda a los campesinos más pobres y la reparación de la iglesia de San Pedro de la Espina, a un kilómetro de Rivotorto. También predicaban en las parroquias de la diócesis.

Traslado a la Porciúncula

Puesto que el grupo seguía creciendo, propuso a sus hermanos buscar una pequeña iglesia donde poder rezar y ser sepultados. Ante la respuesta negativa del obispo y de los canónigos, se dirigieron a los benedictinos del monte Subasio, que les cedieron la iglesia de Santa María de la Porciúncula, la misma que el Santo había deseado tener desde un principio. 

 

 

Más hermanos

Entre los años 1210-1212, entró en la Orden un joven de las familias más poderosas de Asís, Rufino de Escipión. Su prima Clara de Favarone, que tenía entonces 17 años, empezó a tener contacto con ellos, ayudando con limosnas a los que trabajaban en Santa María. La iglesia se encontraba en muy mal estado y los hermanos tuvieron que ponerse a restaurarla. Según una nota del siglo XIII conservada en el Sacro Convento de Asís,  ésta no volvió a estar dedicada al culto hasta el 2 de agosto de 1215, un año antes de la concesión de la famosa Indulgencia o Perdón de la Porciúncula. También se agregaron al grupo Juan "el Simple", de la aldea asisana de Nottiano; fray Silvestre, el canónico avaro que empezó a cambiar cuando Bernardo de Quintavalle y Pedro Cattani dieron toda su fortuna a los pobres; el caballero fray Masseo de Marignano (Perusa), de buena presencia, agradable y discreto, que aspiraba a conseguir la virtud de la humildad; fray Rufino de Escipión, primo de Clara de Favarone, que prefería el retiro y la contemplación al cuidado de los leprosos o a la predicación, por lo que mereció la penitencia de tener que predicar en Asís con sólo los calzones; fray Junípero, que destacaba por su paciencia, humildad y deseo de seguir a Cristo crucificado, y era famoso por sus ardientes jaculatorias; y fray Simón de Asís, del que apenas se sabe que fue un gran contemplativo y que hablaba de Dios con palabras sublimes sin haber estudiado. Son bien conocidas las "tertulias" espirituales de estos hermanos de los primeros tiempos, junto a la iglesia de la Porciúncula. Las principales virtudes de cada uno de ellos puestas en común, según San Francisco, daban como resultado el "hermano menor perfecto". Eso revela hasta qué punto el Santo sabía valorar el carisma y la idiosincrasia de cada uno. Con el pasar del tiempo, Francisco quiso que hubiera siempre en Santa María un número limitado de hermanos, escogidos de todas partes, y los quería realmente devotos y perfecto.

 

Vida en la Porciúncula

La vida de los hermanos en Santa María de la Porciúncula no era diferente de la que llevaban en Rivotorto: "Aunque este lugar era ya santo -Recordaba el Santo en su lecho de muerte- nuestros antiguos hermanos conservaban su santidad orando continuamente, día y noche, y observando constantemente el silencio; y, si alguna vez hablaban después de la hora fijada para el silencio, era para tratar, con la mayor devoción y del modo más discreto, de las cosas referentes a la gloria de Dios y al bien de las almas. Y si sucedía, cosa rara, alguno empezaba una conversación inútil u ociosa, enseguida era advertido por otro. Se mortificaban no sólo con ayunos, sino también con frecuentes vigilias, con el frío, la desnudez y el trabajo manual. Con frecuencia iban a ayudar a los pobres en sus campos, para no estar ociosos, y éstos, a veces, les daban pan por amor de Dios. Con estas y otras virtudes se santificaban a sí mismos y el lugar". También observaban la clausura, para evitar que los seglares distrajeran a los frailes, y hacían salidas esporádicas para predicar en las parroquias cercanas y cuidar a los leprosos. Francisco, por su parte, no dejaba de meditar continuamente la pasión y muerte de Cristo crucificado, por lo que alguna vez lo encontraron llorando por el camino, cerca de la Porciúncula.

 

HISTORIA DE LA ORDEN DE SANTA CLARA

 

La rama femenina de la Orden de los Hermanos Menores es la Orden de las Clarisas, nacida en la madrugada del lunes santo de 1211, cuando la joven Clara de Asís, perteneciente a una de las familias más nobles de Asís, se fugó de casa y marchó a Santa María de la Porciúncula, donde la esperaban san Francisco y sus primeros compañeros para consagrarla al Señor. Tenía apenas 18 años. Al principio vivió algún tiempo con las benedictinas del monasterio de San Pablo de las Abadesas (el actual cementerio de BastIa Umbra) y con las religiosas de San'Angelo di Panzo, en las faldas del Subasio, hasta que se le unieron su hermana Catalina (sor Inés, santa como ella) y otras jóvenes. Juntas se trasladaron, unos meses después, a la iglesia de San Damián, restaurada por San Francisco tres años antes.

Al principio las llamaban "Hermanas Menores", pero a san Francisco no le agradó el nombre y, en 1217, inspirándose en el cardenal Hugolino, protector de la Orden, lo cambió por el de Señoras Pobres (dominas, damas, dueñas).

San Francisco redactó para ellas unas normas u "observancias", pero el canon 13 del IV Concilio de Letrán (noviembre de 1215) prohibió la aprobación de nuevas reglas, de modo que Clara y sus compañeras tuvieron que profesar la Regla benedictina, que prescribía cosas muy diferentes a lo que ellas querían, como el título de abadesa o la posibilidad de tener propiedades. Para evitar esto último, Clara obtuvo de Inocencio III (+ julio 1216) un singular "privilegio de pobreza", por el cual nadie podría obligarlas a tener rentas o posesiones.

 

 

Reglas y Estatutos de la Orden

Pronto surgieron en Italia otros monasterios de "Damianitas", es decir, de religiosas que vivían según el modelo del monasterio de "Santa María de San Damián", tales como Vallegloria en Spello, Colpersito en Sanseverino, Perusa, Florencia, Lucca...). En 1218 el cardenal Hugolino redactó para ellas unos Estatutos, que estuvieron en vigor, junto con la regla benedictina, hasta que, en 1247, fueron sustituidos por la nueva Regla de Inocencio IV. Pero Clara tampoco quedó conforme y, dos días antes de morir (murió el 11 de agosto de 1253), obtuvo del mismo papa la aprobación de "su" Regla, la primera compuesta por una mujer para mujeres.

La Regla de Santa Clara, sin embargo, fue aprobada sólo para San Damián y fueron pocos los monasterios que la adoptaron. Para eliminar ese inconveniente y dar cierta uniformidad a la Orden, el cardenal protector de las clarisas Cayetano Orsini compuso otra Regla que se llamó de Urbano IV, por ser el papa que la aprobó el 8 de octubre de 1263. La nueva Regla, inspirada en las de Santa Clara e Inocencio IV, abolía de hecho el privilegio de pobreza, pues establecía las rentas y propiedades como medio normal de subsistencia para las religiosas. Eso provocó una división en la Orden, entre los monasterios que seguían observando la Regla de Santa Clara y las "Urbanistas".

 

Con el tiempo, sin embargo, casi todos terminaron por admitir las propiedades en común, incluido el Protomonasterio de Santa Clara en Asís, que había sustituido al de San Damián poco después de la muerte de la Santa.

Más tarde, a las Damianitas y Urbanistas se añadieron otras reformas menores, como las Coletinas (fundadas en Francia por S. Coleta Corbie), las Alcantarinas y las Capuchinas, en medio de una gran vitalidad y fuerza expansiva, principalmente en el Nuevo Mundo y en tierras de misión.

Las distintas ramas de la Segunda Orden franciscana han dado a la Iglesia y al mundo un buen número de Santas y Beatas. Debido a la gran variedad de familias y a la autonomía de que goza cada monasterio, hoy resulta difícil hacer una estadística fiable, pero se puede asegurar que existen por lo menos 800 monasterios, habitados por no menos de 15.000 hijas de Santa Clara.